Edición #33

El vicio de servirse a sí mismos

Por Felipe Urquiza (Urquizita, che)

Para comenzar a hablar de los servicios que se ofrecen en el Partido de La Costa es preciso echar cuando menos un haz de luz sobre el significado de este término, pero cabe aclarar en primer lugar que cuando hablo de servicios en las costas del Tuyú no me refiero al sinfín de milicos, paramilicos o ciudadanos milicos que aquí se hallan, aunque no niego mi tentación, una especie de fiera atada, en dedicarles algunas líneas a modo de “loa”.

En una primera definición el diccionario expone acción o efecto de servir, donde acción es acto que remite a la motricidad, o llevar a los hechos concretos, y servir ser útil a, o realizar algo en beneficio de. Observamos cómo, desde el arranque, el significado y el significante se encuentran casi en su totalidad alejados, ya que para que algo sirva tiene primero que existir ese “algo”, y luego, ese algo existente, a su vez, ser brindado para su uso útil que complete la función de “servicio”. A continuación, un ejemplo: tomamos el caso del servicio de agua por red. La empresa ABSA es la encargada de efectuar dicha actividad de servir algo útil. Aquí la entidad del fluido agua es meramente conceptual, ya que, al girar el grifo lo que sale en su lugar es aire. Analizando con detenimiento el nombre jurídico de la empresa noto, desconcertado, que no lleva “aire” sino “agua” en su lugar. Luego, revisando un poco más la situación me pregunto por qué alguien habría de ir a buscar aire a la canilla, ¡o más! por qué una empresa se encargaría de brindar ese servicio. Entregado a los efectos de la realidad (pese a que ésta no sea la única verdad como quieren hacernos creer), propongo, pues, la modificación del nombre de Aguas Bonaerenses a Aires Bonaerenses. Aunque también, otras personas que atravesaron mi misma situación de frustración del acto higiénico la han rebautizado como, y me parece atinado ponerlo en siglas por lo extenso, ABSAyLPQTP. Cautivante propuesta.

También, la definición de servicio en otra de sus acepciones dentro del “mata burros” sentencia ocupación de prestar servicio en alguna capacidad. Teniendo en cuenta el total de las empresas, cooperativas o lo que fuera que se encarguen de las distintas prestaciones, sería conveniente, quizá, modificar la definición antes que la acción y reemplazar capacidad por incapacidad o también por ocupación de negar servicio y cobrar fortuna por ello. Así, todo servicio, al igual que la inseguridad (entendida como delito común), es una sensación. Tenemos la sensación de andar en colectivo cuando la cafetera esa nos lleva de aquí para allá por las costas, la sensación de andar en calles de asfalto o arena en condiciones e iluminadas, cuando atravesamos las depresiones geográficas con nuestros vehículos o a pie, la sensación de amplias y limpias playas, o la sensación de transitar rutas seguras. La sensación de servicio, a diferencia de la de inseguridad, no se corrobora en los hechos. Agua que no moja porque no está, colectivos que te tiran por la ventana, electricidad alterna que más que alterna es esporádica. El vicio de los servicios y sus responsables es de desaparecer; el de los elementos cuando los necesitamos, y el de los encargados cuando los buscamos. El vicio de acumular dinero (el nuestro) por algo que no está, que desaparece, como un juego de niños que se tapan los ojos: “¡acá ta! y ¡acá no ta!”; el vicio de no interesarse por mejorar infraestructuras que no sean la de sus propias casas o bienes, suyos y de sus amigos.

Y digo que es sensación porque dicho supuesto “buen funcionamiento” es generado desde los medios de difusión de las mismas entidades de poderío económico y hasta el estado mismo (que cabe decir, es quien ostenta una parte importante del poder político). E insisto en esto de las sensaciones y lo tomo como referencia y punto de entendimiento porque, éstas, si bien cosas inexistentes, prejuicios o como le quieran llamar, son de una importancia vital para todo quien intente implementar dichas ficciones. Paso a explicarme. La sensación de inseguridad existe a la par de los hechos de delito común; por ello, las personas a las que la inseguridad así entendida no las ha rozado en lo más mínimo recurren a las empresas de seguridad para “proteger” sus casas, vehículos y familiares, a modo de “prevención”, colocan rejas y alarmas, exigen más policías, viven constantemente con la sensación, el temor, de que algún día les toque, como si lo esperaran. Todo esto hace muy bien al mercado y las políticas de “seguridad”.

Las mentiras, en alguna magnitud, generan sensaciones cuando no realidades. La ficción es el servicio del que mejor estamos provistos. Lo penoso es que no son ficciones literarias, sino literales.

Más o menos aclarado el tema, y sin ánimo de perder de vista lo antes dicho, seguiré intentando detallar los vicios de los viciosos encargados de los servicios. Ya mencionamos el agua, obras públicas e iluminación, el transporte público, pero si bien existen un sinfín de servicios de anómalo accionar (me refiero a todos), no quisiera dejar afuera a, en primer lugar, la salud pública y la recolección de residuos. Madre de los servicios ficticios, el de recolección quita de tu puerta los residuos que producimos en nuestras vidas cotidianas (por otro lado, muchos de ellos absurdos) en determinado horario para mantener “la ciudad limpia”, como “buenos ciudadanos”, “civilizados” y preocupados por la ecología, como nos dicen que debemos estar. Arrojar basura bajo la alfombra -¡vaya si lo hacemos!- la limpieza de calles cuanto de playas o espacios verdes junto a su mantención representan la mayor de las hipocresías, que consuma su vil acto (cuando este es consciente y jactancioso del acto mismo) al momento en que el camión de la basura arroja los desechos a los basurales a cielo abierto, cuando se retira arena de las playas con la connivencia entre las empresas y el Estado, dejando las playas devastadas como las vemos hoy en día; cuando los papelitos deberían ir fuera y no dentro de las urnas. Perdón, quise decir tachos de basura. No digo con esto que debamos ser más descuidados con los desperdicios, ni mofarnos de la “salud” del planeta, sino que hago un llamado a la toma de conciencia de esa ficción, de esa mentira inducida a realidad como lo es el servicio de recolección de residuos y el cuidado del medio ambiente por parte del poder político y económico. Líderes en contaminación y destrucción de la Tierra, pero también líderes en “moralizar” y “moralinear”. Por último, la salud pública, que coloco incluso en un escalón superior en cuanto al despropósito respecto de todos los demás servicios, es el que no solamente carga en sí mismo la contradicción de la definición de servicio, sino que además también lo hace con su nombre propio: “salud pública”, dicen que se llama. Ésta tiene su razón de ser, en realidad, en la falta de salud de la sociedad, una comunidad que vive ansiosa, paranoica, cansada, consumiendo una porquería detrás de la otra por cualquiera de las vías de consumo (léase boca para los “alimentos” u oídos y ojos para lo alienamientos), que vive para trabajar y no a la inversa, una a la que sólo se le arrojan pálidas y que la historia entera demuestra que ha recibido más cachiporrazos que caricias. Una sociedad así, ¿puede tener salud? De todas maneras vamos a tomar la palabra a la ligera y simplemente llamarla salud como atención a las enfermedades y padecimientos de las personas. Mas esta palabra está atada a otra que es “pública”. He de suponer que con pública se quiere decir que está al alcance de todo habitante de la comunidad.  ¡Bien!, ahora que alguien me explique por qué las madres que viven en distintas zonas del Partido de La Costa deben ser trasladadas a Mar de Ajó, o en su defecto a Mar del Plata; por qué los jubilados son sometidos a una asociación (o varias) como PAMI, que ha dejado a los pobres viejecitos aún más maltrechos de lo que ingresaron (hay gente que por negligencia del servicio ha quedado ciega o con secuelas de salud más que importantes). Entonces, contamos con algo que se llama “servicio de salud pública” y que no cumple con ninguna de las tres aseveraciones que aparecen en su nombre; no es servicio porque el estado no se encarga como corresponde en brindarlo (no así muchos profesionales y auxiliares de la salud que dejan la pilcha en ello), no es salud porque se sale más enfermo de lo que se entra, cuando se puede entrar y cuando se puede acceder a la rama de la salud que se necesita, y no es público porque, el verdadero negocio está en el ámbito privado. No puede ser algo público cuando no hay qué ofrecer en primera medida; si no hay tomógrafo en el hospital público, y sí en la clínica, entonces no es público, es privado y no se diga más. Ser Vicios, más que viciosos, ¡adictos! Ese es el cometido principal de estos desfachatados, no servir, seguir enviciándose y currando con ello. Ahora me pregunto ¿acaso nosotros, los “usuarios”, no tenemos vicios también? ¿El consumo de esas ficciones, de esos embustes, no será el vicio que nos cabe? ¿O el miedo?, ¿o la pasividad? Exigir un servicio de 0-800-VICIO sería una contradicción enorme, ¿no? 

Aunque muchos de los potenciales lectores no tardarían más que segundos en comenzar a exigirlo y luego mantenerse pasivos ante su nuevo mal funcionamiento.

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